Organizar un evento institucional bajo el rimbombante nombre de Bienal Climática, sentar en el sillón de ponente al CEO de una de las multinacionales señaladas como más contaminantes del mundo, y luego sorprenderse de que la ciudadanía estalle en un escrache, requiere un nivel de cinismo político y desconexión social digno de estudio.
Esto es exactamente lo que ocurrió este pasado jueves en el parque de Ferrera de Avilés. Lo que sobre el papel se presentaba como una inofensiva mesa de debate llamada (quizá con demasiado optimismo) "Una mirada a la industria española del futuro", terminó convertida en el escenario de una protesta ciudadana. Una disrupción que ha servido para dejar en evidencia no solo las tácticas de greenwashing de la gran industria, sino, sobre todo, la brújula política de la alcaldesa de Avilés, Mariví Monteserín.
Para entender la magnitud del choque hay que situarse en la escena. El debate transcurría con la participación de Philippe Meyran, consejero delegado de ArcelorMittal Asturias. Fue justo tras su primera intervención cuando la fachada del evento se resquebrajó.
Una mujer del público tomó la palabra fuera de su turno y lanzó una acusación directa: "Están fumigando a la población con benceno, los datos ambientales no mienten". La tensión escaló en cuestión de segundos. El estupor de los ponentes contrastó con el movimiento coordinado de varios asistentes, quienes se levantaron de sus asientos exhibiendo pancartas con un lema: "Arcelor Mortal". El moderador del acto, Gonzalo Sáenz, intentó apaciguar las aguas en medio de un cruce de reproches entre la mesa y el público, tratando de recuperar un control que ya se había evaporado.
Pero el cabreo del colectivo ecologista no fue un arrebato espontáneo. Nace de dos factores estructurales gravísimos que la propia organización del evento intentó barrer bajo la alfombra:
- El rechazo a la descarbonización: Semanas atrás, ArcelorMittal protagonizó un desplante mayúsculo al rechazar una ayuda de 450 millones de euros ofrecida por el Gobierno de España, destinada precisamente a su proceso de descarbonización. Que una empresa que da la espalda a los fondos públicos para transicionar hacia un modelo más limpio sea recibida poco después con honores en una "Bienal Climática" resulta un insulto a la inteligencia. Esta actitud encarna la herencia de la gran industria, que se traduce en un chantaje perpetuo: amenazas cíclicas de deslocalización, cierres encubiertos y ERTEs crónicos, exigiendo a las administraciones inyecciones millonarias de dinero público bajo la extorsión de no apagar del todo los últimos altos hornos.
- La ausencia de la ciencia: "¿Dónde está la ciencia en esa mesa?", recriminaron los activistas a viva voz. Y tenían toda la razón. El Ayuntamiento y la organización montaron un púlpito corporativo a medida de la empresa. No había voces científicas, ni ecólogas, ni expertas en salud pública que pudieran dar la réplica a la multinacional o someter sus afirmaciones a un mínimo escrutinio técnico. Era un monólogo con público.
La maquinaria del control
La gestión posterior del incidente es un manual de cómo las instituciones y las grandes corporaciones intentan desactivar la disidencia.
El CEO, Philippe Meyran, adoptó el papel de conciliador ofreciendo una futura reunión al colectivo para "hablar de estas preocupaciones". Un gesto de cara a la galería que se complementó esa misma tarde con un dossier informativo exprés por parte de la empresa, asegurando que en el primer trimestre de 2026 solo han tenido "10 incidentes de carácter leve" por emisiones difusas, y escudándose en que sus cifras de benceno están por debajo del límite legal de los 5 microgramos por metro cúbico. Como si el estricto cumplimiento de un baremo normativo anulara mágicamente la percepción de ahogo y toxicidad de los vecinos que conviven con la chimenea.
Sin embargo, el dato más escalofriante sobre cómo se entiende la participación ciudadana en este tipo de foros lo aporta el desenlace del escrache. A pesar de que la protesta fue enteramente pacífica, que no paralizó definitivamente el acto, y que la propia organización llegó a ofrecer el micrófono a los críticos, las nueve personas implicadas en la protesta terminaron siendo identificadas por agentes de la Policía Nacional. En la Bienal del Clima, la industria habla por el micrófono y la ciudadanía responde ante la policía. Es la prueba fehaciente de que al atomizar la fábrica, lograron atomizar nuestra resistencia, dejándonos abandonados y solos frente a las imposiciones del poder.
El papel de la alcaldía: Un patrón de servilismo a los intereses privados
Y en medio de todo este huracán, ¿cuál fue la postura de la máxima autoridad local? Si la reacción de la empresa era previsible en términos de relaciones públicas, la intervención de la alcaldesa Mariví Monteserín fue toda una declaración de intenciones ideológicas.
Lejos de adoptar una postura neutral, de mediar, o siquiera de empatizar mínimamente con la legítima preocupación ciudadana por la calidad del aire que respiran las familias de la comarca, su primera reacción fue defender a capa y espada el papel de la multinacional.
Monteserín no solo justificó a ArcelorMittal argumentando su supuesto esfuerzo en la reducción de la contaminación, sino que recurrió a la táctica más pobre del municipalismo miope: echar balones fuera. La regidora afeó a los manifestantes que la problemática de las emisiones que denunciaban era "de Gijón", intentando levantar una frontera invisible e imaginaria, como si las partículas en suspensión y el benceno pidieran permiso y pasaporte al cruzar el límite municipal, tratando así de exculpar la gestión industrial de Avilés.
Para hacer un análisis verdaderamente riguroso de esta reacción política, es imprescindible levantar la mirada y observar la complejidad del tablero. Sería simplista reducir la postura de la alcaldía a una mera cuestión de conveniencia sin reconocer el inmenso peso histórico y económico que gravita sobre la región. Plantarle cara a la contaminación en Asturias significa, de forma inevitable, ir a la guerra contra la principal industria del norte del país.
Hay que recordar que ArcelorMittal es la heredera directa de Ensidesa. Hablamos de un entramado de chimeneas, tuberías y estructuras que no es un simple negocio, sino el gigante que en su día funcionó como el motor indiscutible de todo el país. Todo el territorio asturiano fue diseñado y moldeado para operar como la incombustible sala de máquinas de España. Por lo tanto, cuando un político local se enfrenta a las emisiones de esta multinacional, se enfrenta al terror de morder la mano del monstruo siderúrgico que construyó la ciudad. La inercia institucional es proteger al fantasma industrial a toda costa, porque el abismo de la desindustrialización aterra más que las métricas del benceno.
Sin embargo, esta defensa cerrada de los intereses corporativos frente a la protesta ciudadana no es un caso aislado. No es un error de cálculo fruto del nerviosismo del directo. Responde a un patrón muy claro y sostenido de posicionamiento institucional por parte de esta alcaldía. Cuando se trata de elegir entre la protección de lo público (y la voz de la ciudadanía) y los grandes intereses privados, el gobierno local avilesino tiene una inercia peligrosamente establecida.
No hace falta rebuscar en las hemerotecas para encontrar el paralelismo exacto en otros ámbitos de la vida municipal. Es exactamente la misma filosofía política que la alcaldía ha aplicado recientemente con la educación superior en la ciudad. El Ayuntamiento no titubeó un segundo a la hora de allanar el camino, poner la alfombra roja y agilizar trámites para facilitar la instalación de una universidad privada en Avilés. Todo ello, escandalosamente, en detrimento y con absoluto desdén hacia una institución pública, histórica y de enorme prestigio como la Escuela de Arte Superior del Principado de Asturias, que lleva años demandando atención, recursos y apoyo institucional.
Conclusión: El modelo de ciudad a debate
Sea cediendo el terreno educativo y urbanístico a empresas privadas para que hagan negocio mientras se asfixia a los centros públicos, o cediendo el atril principal de una Bienal Climática a la industria pesada mientras se amordaza y se identifica policialmente a la ciencia ciudadana, el modus operandi es exactamente el mismo. Lo privado se exhibe; lo público se aparta.
El escrache de este jueves en el parque de Ferrera no es, por tanto, una mera anécdota estival sobre las métricas del benceno. Es el síntoma de una fractura mucho mayor. Es el reflejo de una ciudad donde los espacios que deberían servir para diseñar de forma colectiva y crítica un futuro sostenible y equitativo terminan secuestrados por el greenwashing. Y lo más grave: todo ello avalado y tutelado por un gobierno local que, a juzgar por sus actos, hace tiempo que decidió a qué mesa prefiere sentarse y a qué intereses prefiere servir.