Para quienes intentamos abrirnos paso entre las ruinas de una época industrial dorada que no llegamos a conocer, el verdadero obstáculo de Asturias no son sus montañas, sino una asfixiante falta de futuro. Y el kilómetro cero de esta parálisis económica y social se encuentra justo aquí, en el asfalto y el acero de Avilés.
Crecer en esta ciudad es convivir a diario con el esqueleto de un gigante. Nuestro paisaje cotidiano no es el de los folletos turísticos, sino una ría marcada por naves que acumulan óxido y kilómetros de tuberías que en su día fueron el motor del país. Caminar hoy por nuestro paseo de la ría es asistir al choque frontal entre el espejismo de lo que nos prometieron, simbolizado en el Centro Niemeyer, y la pesada herencia de una industria que ya no es capaz de sostenernos.
Nos han colgado el título de ser "la generación más preparada de la historia", pero a cambio nos han entregado las llaves de una región diseñada exclusivamente para quienes ya tienen la pensión asegurada. Esta desconexión entre el relato oficial y nuestra realidad se hace evidente en nuestras propias calles:
- El espejismo del empleo: Hemos pasado del mito de Ensidesa y el "trabajo para toda la vida" a un ecosistema donde la juventud asturiana es empujada a un sector servicios saturado y precario.
- La trampa de la vivienda: A pesar de que Asturias pierde población y acumula más de 100.000 viviendas vacías, emanciparse es un suicidio financiero debido a unos precios de alquiler secuestrados por la especulación y los pisos turísticos.
- La única salida: Frente a este colapso, el único camino que nos han dejado sin peajes ni barreras es el éxodo forzoso, obligándonos a exportarnos a nosotros mismos ante la falta de motores productivos.
Frente a todo esto, se espera que traguemos en silencio y abracemos el fatalismo del "ye lo que hay". Nos piden que seamos resilientes en medio de un gigantesco cementerio de chatarra institucional, exigiendo además que seamos agradecidos por heredar las ruinas de una fiesta a la que jamás fuimos invitados.
Hoy, a la sombra de las chimeneas de un Avilés que aún busca su sitio tras el fin de la era industrial, nos sentimos solos intentando sostener un techo que se derrumba. Pero negarnos a aceptar este conformismo precario y este mercado de usar y tirar no es un capricho juvenil; es nuestro instinto de conservación más primario.